sábado, 30 de mayo de 2009

Algunas notas sobre la novela "El largo adiós" de Raymond Chandler

Por Marcelo Speranza

En la historia más rigurosa, ¿podemos acaso evitar la infiltración de lo imaginario? Los antiguos historiadores gustan poner en boca de personajes notorios largos parlamentos. ¿Se definen esos personajes o se define el propio historiador? Aún en los análisis más sutiles, la discriminación entre la realidad y la fantasía es imposible. Acaso cuanto más se llega a lo hondo en la explicación de un carácter, tanto más aventurada es la explicación.
El escritor, Azorín.

El problema con el personaje de Marlowe es que se ha escrito y se ha hablado mucho acerca de él. Está cobrando conciencia de sí mismo, tratando de vivir de acuerdo con su reputación entre los pseudo intelectuales. El joven está fastidiado. Hubo una época en que era capaz de escupir, roncar fuerte y hablar con el costado de la boca.
Cartas y escritos inéditos, Raymond Chandler.

El personaje Marlowe acusa las múltiples rupturas, el desencanto, los sometimientos, la varia gama de conformismos que percibe de la sociedad en que el autor lo sitúa como narrador-testigo. Marlowe da testimonio de lo objetivable, del mundo en que se mueven los otros a los que observa y escucha y ve actuar, aunque no puede seguir el así llamado “fluir psíquico” (stream of conscionsness) como en las novelas psicológicas, es decir, el adentrarse en la mente de otros actuantes.

La percepción del personaje Marlowe, es, sin dudas, intensa. Proyecta una conciencia crítica -ya veremos de qué-, un pensamiento que se mueve en lo concreto. Es un pensamiento anclado en lo real (convengamos que con “real” nos referimos a lo fenoménico). Uno siente que el principio de realidad está siempre dando vueltas. Y que lo que dice, le viene de la experiencia. Pero no hay -como se podría creer- un seguimiento sumiso de la exterioridad. Muy por el contrario.

Marlowe opone a los interlocutores, los hace antagonistas. No pocas veces lo vemos confrontando con los otros. ¿Sobreactúa? ¿Oculta inseguridades al actuar “con decisión”? ¿Cae en la hiperinterpretación de las conductas, gestos y actitudes de los demás? Tal vez. Es su trabajo.

De lo que no caben sospechas es de su compromiso…con lo que él desea. Si nos preguntamos a que ley o necesidad psicológica obedece, diremos que está más cerca del instinto y de la voluntad que de la razón, del deber ser. Esto se intuye.

Y si bien sus razonamientos están sostenidos por una lógica rigurosa y la empirie cuando se trata de relacionar hechos o reconstruir acontecimientos que ayudan a esclarecer aspectos de un crimen, presentimiento e instinto están detrás del actuar del personaje Marlowe.

Marlowe es un singular. Si fuera una persona y no un personaje podría decirse con Georges Bernanos, que es un hombre irreductible, capaz de imponerse a sí mismo su disciplina, pero que no la acepta ciegamente de nadie; el hombre para quien el supremo bienestar es hacer, en la medida de lo posible, lo que quiere, en el momento que ha elegido, aunque deba pagar con la soledad y la pobreza este testimonio interior al que concede tanto precio; el hombre que se da o se niega, pero que no se presta.

Hasta podría pensarse que es un tanto “nietzscheano”. Marlowe se da su propia ley, su propia moral, sin tener en cuenta las imposiciones que le llegan de afuera. Posee la moral del héroe, aunque es -en términos convencionales-, un antihéroe.

¿Necesita justificarse? No. ¿Vive con mala conciencia? No lo sabemos, aunque en un momento del relato asevera: “…y pensé que cuando un policía honesto tiene la conciencia intranquila siempre actúa en forma violenta, lo mismo hacen los policías deshonestos. Lo mismo hace casi toda la gente: incluso yo”.

El costado nietzscheano de Philip Marlowe en sus pensamientos

“No soy uno de esos infelices de corazón blando”. Rechazo de los compasivos.

“Las pequeñas cosas son las realmente importantes”. Afirmación del gusto.

Estando en cárcel: “Estoy aquí por mí. No me quejo. Es parte del trato”.
Amor al destino. Amor fati.

“La mayoría de la gente atraviesa por la vida gastando la mitad de sus energías de que dispone en tratar de proteger una dignidad que nunca ha tenido”.
Decadentes. Moral de los débiles.

“Ahí afuera, en la noche de miles de crímenes, la gente estaba muriendo (…) La gente se sentía hambrienta, enferma, aburrida (…) enojada, cruel, afiebrada (…) Todo depende de donde uno esté sentado y cual sea su propio puntaje. Yo no tenía ninguno y no me importaba”.
Tomarse a sí mismo como destino, no quererse distinto.

“Por otra parte, lo único que quería era irme y no meterme más en nada (…) pero ésta era la parte de mi personalidad a la que nunca llevaba el apunte (…) Porque si alguna vez lo hubiera hecho me habría quedado en la ciudad en que nací (…) me habría casado (…) y tendría hijos (…) Hasta podría podido llegar a ser rico (…) Elíjalo usted, amigo. Yo me quedo en la gran ciudad, sórdida, sucia, pervertida”.
Moral que afirma.

“Dejemos que los guardianes de la ley realicen el sucio trabajo (…) Claro que hay una cosa que se llama ley. Estamos metidos en ella hasta el cuello”.
La gran tarea: inversión de todos los valores.

Podrían encontrarse otras resonancias del espíritu de Federico Niezstche en diferentes párrafos de El largo adiós y en boca de Marlowe.

Pero hay dos situaciones en que el personaje vacila y parece contradecir su moral fuerte. Ambas están relacionadas con su amigo Terry Lennox.

En una dice: “¿Cuánta lealtad puede utilizar un hombre muerto?”, lo que deja flotando la sensación de no querer soportar ya el compromiso con su amigo (sabemos que Marlowe no se doblegado a los golpes y a la cárcel), como si fuera un mandato impuesto desde afuera.

En otra, en el final, despidiéndose de Lennox, le explica que no está enojado con él. “Tenía sus normas y vivía en conformidad con ellas, pero eran normas personales. No guardaban relación con ninguna clase de ética, de moral o de escrúpulos (…) Usted es un derrotista moral”.

Queda en pie un gran interrogante: ¿por qué un carácter como el de Marlowe exige a Lennox una moral distinta a la personal, a la emanada del individuo Lennox? ¿Por qué le pide sujeción a alguna clase de ética que no es la de Lennox? Parece que el discurso de un moralista convencional, lo que contradice una moral no-débil, como se ha tratado aquí de demostrar.

“Lo único que yo quería es que se examinara a conciencia, que se mirara a sí misma larga y profundamente. Lo que haría después es cosa suya. Yo quise rehabilitar a un hombre inocente. No me importó un comino como conseguí hacerlo y ahora tampoco me importa (…)

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